Volvía a casa por el paseo marítimo de Mataró, como
cada amanecer, evitando las juntas de las baldosas.
-Qué estúpido juego- pensaba, pero era incapaz de
dejar de hacerlo.
Vestía lo que quedaba de aquella noche, es decir,
todo. Lo que quizás había perdido era la clase con la que había salido la noche
anterior.
Solo le quedaba un cigarro, y se consumía
lentamente entre sus amarillentos dedos mientras él, ahogado en su propia
neblina, intentaba recordar el camino de vuelta.
Fue entonces cuando sucedió.
Y no pudo hacer nada.
Ya lo había visto, estaba atrapado en sus redes y
su voluntad daba su último aliento junto a aquel cigarro, que mientras acortaba
su vida, desaparecía lentamente.
Un paso tras otro, se fue acercando a sabiendas que
aquel camino le llevaría a la perdición, que no tenía porque hacerlo, que se
arrepentiría.
Pero como negarse a su melena del desierto, que
haciéndole una alfombra arenosa, le brindaba el camino hacia su boca.
¡Oh, su boca salada!, era como acercarse y comerse
el abismo. Su saliva rompía con fuerza entre sus imperfectos dientes y su
cuerpo, contorneándose al ritmo de las olas, le gritaba con fuerza –arráncame
la ropa, que me sobra todo lo que a ti te falta.-
Se acercó un poco más mientras aquellos ojos de
agua salada seguían inyectados en su cerebro. Le estaba hablando, pero él ya ni
escuchaba, solo pensaba en follarse al mar.
Despertó en la orilla con la ropa empapada, y nunca
supo si al final consiguió acostarse con el mar o simplemente lo soñó.
Desde entonces, cuando cae la noche, se acerca al paseo buscando su olor a sal, su melena color corteza, sus ojos de boca, su boca que rota, no consigue olvidar.
Nada, nada y nada frente al oleaje, que necesitas esa sensación que te devuelva a aquel instante en el que pensaste, inocente, que el mundo podría detenerse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario