lunes, 12 de mayo de 2014

Lo que el mar esconde


Volvía a casa por el paseo marítimo de Mataró, como cada amanecer, evitando las juntas de las baldosas.

-Qué estúpido juego- pensaba, pero era incapaz de dejar de hacerlo.

Vestía lo que quedaba de aquella noche, es decir, todo. Lo que quizás había perdido era la clase con la que había salido la noche anterior.

Solo le quedaba un cigarro, y se consumía lentamente entre sus amarillentos dedos mientras él, ahogado en su propia neblina, intentaba recordar el camino de vuelta.

Fue entonces cuando sucedió.

                       Y no pudo hacer nada.

Ya lo había visto, estaba atrapado en sus redes y su voluntad daba su último aliento junto a aquel cigarro, que mientras acortaba su vida, desaparecía lentamente.

Un paso tras otro, se fue acercando a sabiendas que aquel camino le llevaría a la perdición, que no tenía porque hacerlo, que se arrepentiría.

Pero como negarse a su melena del desierto, que haciéndole una alfombra arenosa, le brindaba el camino hacia su boca.

¡Oh, su boca salada!, era como acercarse y comerse el abismo. Su saliva rompía con fuerza entre sus imperfectos dientes y su cuerpo, contorneándose al ritmo de las olas, le gritaba con fuerza –arráncame la ropa, que me sobra todo lo que a ti te falta.-

Se acercó un poco más mientras aquellos ojos de agua salada seguían inyectados en su cerebro. Le estaba hablando, pero él ya ni escuchaba, solo pensaba en follarse al mar.

Despertó en la orilla con la ropa empapada, y nunca supo si al final consiguió acostarse con el mar o simplemente lo soñó.

Desde entonces, cuando cae la noche, se acerca al paseo buscando su olor a sal, su melena color corteza, sus ojos de boca, su boca que rota, no consigue olvidar.

Nada, nada y nada frente al oleaje, que necesitas esa sensación que te devuelva a aquel instante en el que pensaste, inocente, que el mundo podría detenerse.